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Filed Under (Comunicación, Cultura, Personal, Tendencias) by Orfeo Indómito on 14-08-2008

          Sí…hacía cierto tiempo que uno no regresaba por estos lares tan íntimos y acogedores. ¿Habrá sido el sol sofocante del verano que ha anulado por completo todos y cada uno de los pensamientos almacenados en mi mente aletargando a las neuronas? No, sería un condicionante demasiado superfluo. Más bien me acogeré al sublime proverbio árabe que reza: “No hables si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio”. Y eso es lo que he tratado de hacer por respeto al silencio. Algún día le dedicaré un post a eso tan especial de no decir nada, facultad siempre brillante para quien sabe administrar cuando, cuanto y cómo debe decir las cosas…pero más aun lo es el hecho de saber callar abriendo paso en reverencia a la paz que el propio silencio alberga. Tan necesario y tan escaso. Ya no porque esté en peligro de extinción, sino porque no se utiliza. Por eso los grandes sabios de todos los tiempos hablaban poco. La mayor parte de su tiempo lo pasaban reflexionando y, sólo cuando se les pedía consejo se pronunciaban aunque, lacónicamente. Cierto es que no se puede soslayar que tal estado de mutismo reposara también en la incomprensión que en la mayoría de los casos se recibe por parte de aquellos que se ajustan únicamente a nadar en aguas donde no cubre, por ello es inviable sintonizar con ellos y, en consecuencia los oráculos callan. Gastar saliva que no cala es como arrojar agua sobre una piscina rebosante. No surtiría ningún efecto.
Hoy quiero entrar en materia rescatando una frase del insigne escritor estadounidense y premio nobel de literatura en 1962, John Steinbeck: “Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública puede medirse la cultura de un pueblo”. No pudo ser más certero e ingenioso el autor del best-seller “Las uvas de la ira”, llevado a la gran pantalla por John Ford en 1940.
Si hay algo que realmente represente cultura, ése algo es un libro. Porque a través de su contenido, se pueden descubrir nuevos mundos; apasionantes historias; pensamientos revolucionarios; detalles desconocidos hasta ése momento y un sinfín de legados más cuya lista sería cuanto menos interminable. Como la historia de Michael Ende.
Hay que admitir, que cuando el acceso al conocimiento es prácticamente inexistente(como sucedía en la antigüedad), siendo pocos los que poseían el privilegio de leer y escribir ya no por desprecio, sino por una ignorancia que no tenía solución ya que el saber, de una u otra forma hace más poderoso a su poseedor y eso es algo que los grandes gobernantes de antaño no podían permitir: un pueblo culto capaz de pensar por sí mismo y por consiguiente de darse cuenta de las fechorías  practicadas por sus reyes camufladas en discursos ramplones donde el énfasis era más importante que el fondo de lo que se decía. De ésta forma, se desviaba la atención al tiempo que se mantenía entretenido al pueblo enalteciendo su animadversión para con los habitantes del territorio vecino. Leer es fuente de sabiduría y por tanto de conocimiento, cuanto más ignorante sea alguien, menos posibilidades tendrá de pensar sobre cómo combatir las hostilidades que sufre y ya no sólo a título individual sino que, aprovechando sus recursos los transmitirá a otros y éstos a otros y así sucesivamente. Por ello, desde la época de los romanos hasta el nazismo, uno de los objetivos preferidos de las hordas despiadadas entre contienda y contienda  han sido las bibliotecas; que incendiadas quedaban reducidas a cenizas sellando sus bocas para siempre y dejando a toda una civilización sin pasado, presente ni futuro provocando una pérdida total de memoria.
Si se habla de leer, hay que mencionar inexorablemente a la que según los historiadores fue el origen de un extraordinario punto de inflexión  hasta nuestros días: la antigua biblioteca real de Alejandría creada a comienzos del Siglo III a.C. por Ptolomeo I Sóter. Llegó a albergar cerca de 900.000 volúmenes en los tiempos de Marco Antonio y Cleopatra. Existía un volumen que narraba desde la creación hasta el diluvio, incluso se podían encontrar alrededor de un centenar de  obras del dramaturgo griego Sófocles de las que hoy tan sólo quedan siete. Gran parte de la riqueza literaria de éste templo, se esfumó con el incendio sufrido por el mismo en el año 48 a.C y  atribuido a Julio César.
Cuando toda posibilidad de saber queda restringida o en su defecto eliminada, es comprensible que nadie se preocupe por adquirir conocimientos.
Entendamos pues que, ante libros requisados, censurados, quemados…todo afán es estéril pero, ¿Qué sucede cuándo un día nos despertamos en una sociedad aparentemente evolucionada dónde la escolarización obligatoria comienza a los tres años y concluye a los dieciséis?  Eso, después de que en 1990 se aprobara la ley Logse que venía a ser una reforma en la formación estudiantil española, porque antes de ello, con apenas trece años el estudiar en calidad obligatoria finalizaba. Es decir, cuando apenas se estaba  entrando en la adolescencia ya se podía dejar de lado los libros. Luego se habla a bocanadas de fracaso escolar mientras no se hace nada por evitarlo. Un estudio reciente, ha revelado que el 31% de alumnos de centros educativos españoles no acaba la ESO. La cifra es realmente alarmante. Asimismo, no es menos cierto que, no pocas asignaturas de las que se imparten, aportan bien poco y que en esencia, no van a ser de utilidad cuando llegue la hora de enfrentarse al mundo laboral. Pero claro, si la enseñanza obligatoria provoca arcadas, ¿Cómo se va a pretender hacer de éste país un lugar de lectores empedernidos? Al mismo tiempo, el entorno no ayuda precisamente a creer en el estudio cuando casi a diario se conocen las millonadas que cobran futbolistas, cantantes, actores…muchos de ellos con un cociente intelectual más gélido que un iceberg. Por tanto, una mente inteligente con frecuencia está condenada a intentar sobrevivir en  favor de otro que tal vez no sabe lo que son dos más dos pero que, sin embargo se dedicó a pegarle patadas a una pelota de trapo en las calles del barrio marginal de su ciudad y hoy, es un hombre rico.
¿Para qué esforzarse en estudiar si se puede ganar el dinero de una forma más fácil y rápida? Porque al fin y al cabo, en muchos casos, no se estudia por pasión o vocación, sino por imposición o por el estatus social  y reconocimiento que te provoque cierta profesión a la hora de ingresar una cantidad determinada de dinero.
Según la Federación de Gremios de Editores de España, aquí lee de forma habitual el 57% de la población, mientras que la media europea se sitúa en el 70%. Es decir, que somos el país de Europa donde menos se lee. Aun así, que se diga que más de  la mitad de los ciudadanos de éste país lee  me parece surrealista. Basta con salir a la calle y preguntar a algún transeúnte por Julio Cortázar, Aldous Huxley, Goethe o hacer la prueba de poner a escribir a alguien. Porque la cantidad de lo que se lee va en consonancia con la calidad de lo que se escribe y cómo se escribe. Ello queda patente en las faltas de ortografía o en la escasez de vocabulario. Leer lo que está de moda, es fácil porque casi todos  lo hacen por contagio, es decir, impulsados  por la curiosidad  porque es lo que la mayoría hace. Por lo general, actualmente no se lee por convicción, sino por inercia e imitación. Queda mal no leer al escritor de moda o echarle una ojeada al último grito literario. Ésta estadística también nos dice que, el 90% de los que abren un libro lo hacen con ánimo de entretenerse. Pero, un libro que sólo entretiene, es como una borrachera; una vez ha terminado no queda nada. Un buen libro, no sólo ha de entretener, crear expectación, incentivar nuestra imaginación, ha de contribuir a la transmisión de ideas y pensamientos para hacernos mejores de lo que somos. Pero también es entendible que, no es lo mismo enrolarse a bordo de un barco pirata que no conlleva ningún tipo de implicación personal que, arriesgarse a autodescubrirse desde el valor de enfrentarse a unas páginas capaces de remover nuestros cimientos existenciales ante argumentos que siempre supimos que estaban ahí pero que no queríamos ver. Por tanto, para muchos es más conveniente evadirse y zambullirse con el capitán Nemo en el interior del Nautilus bien protegidos cerrando el libro con la tranquilidad que da el saber que tan sólo era una aventura más de Julio Verne y que la escafandra la llevaba otro, en lugar de leer una historia que a parte de divertir, consiga hacerte pensar cuestionándote esos principios y valores que siempre creíste como válidos y que de un plumazo te han desbaratado.
Incluso en revistas de carácter generalista, cuando se le suele hacer alguna entrevista a un personaje público, una de las preguntas que nunca falla es: ¿Qué libro estás leyendo ahora? Es esnobista  decir que se lee y más aun lo que todos leen. Por extensión, el lector real es aquel que, a parte de leer con regularidad, lee lo que realmente le interesa sin patrones externos que le indiquen sobre qué libro ha de poner su mirada.
Luego resulta irónico echar la vista atrás y comprobar que nuestros antepasados no leían porque eran analfabetos y hoy sin embargo, no se hace porque requiere esfuerzo y concentración. Los libros, hace mucho que nacieron para vivir en las estanterías.

 
                                                                                            Orfeo Indómito

 

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