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Filed Under (General, Personal, Sentimientos) by Orfeo Indómito on 22-09-2008

    Algunos resquicios de tiza blanca delatan sobre la tapia del viejo caserón que, hubo un tiempo en el que el romanticismo se vivía de una forma más impetuosa respecto a la conducta generalizada que, hoy en éste  arranque de siglo veintiuno se sirve en cada sobremesa.
Éste post, es un homenaje al romanticismo en su más elevada expresión y a todos lo que contribuyeron a engrandecerlo en su transitar por la vida.
Ponerse a escribir sobre romanticismo en unos tiempos donde los sentimientos a menudo son solapados por el dinero, la seguridad o el estatus social, es sin lugar a dudas una tarea valiente.
Lo bien cierto es que, la propia existencia del ser humano sólo se palpa y degusta desde lo extremo de las sensaciones. Por tanto, vivir de manera impasible dejándose llevar por la inercia de la marea es como ser inmune a todo tipo de dolor.
Es lamentable que, el sentir también haya pasado a ser considerado un concepto que, como tal queda relegado a modas o tendencias catalogándolo de si se lleva o no. No pocos exclaman: ¡Ser romántico no está de moda!. ¿Acaso el enamorarse y manifestarlo abiertamente ha dejado de ser una realidad? Evidentemente, no.   Más bien tras la sentencia sobre la extinción del romanticismo, cabría atisbar que debido a las tragedias derivadas de éste, no pocos se afanan en no sentir para no sufrir; camino equivocado pues no hay gozo sin una dosis de sufrimiento, de inquietud. Como el símbolo oriental del ying-yang que mezcla lo positivo junto con lo negativo.
Podría también recurrir al manido: “Más vale haber amado y perdido que no haber amado”.
El permanente estado de bienestar provoca acomodamiento e infravaloración y no es si no, una trampa espesa sobre la cual una vez uno se da cuenta que ha caído tiene difícil la escapatoria y cuando despierta, suele ser demasiado tarde.
Quien no siente, no crea. Para ello, hace falta inspiración y ésta la dan los sentimientos.
No imagino a Miguel Ángel tumbado en su andamio en pleno renacimiento mientras trabajaba en los frescos de la capilla sixtina sin experimentar con cada boceto, cada pincelada, un hormigueo en el interior de la boca del estómago que iba in crescendo a poco que esas imágenes que albergaban su mente, iban cobrando forma tal y como él deseaba proyectarlas. En realidad, lo que no se hace con sentimiento no perdura. Esto es similar al hijo que ha sido engendrado sin amor. Las consecuencias serán irremediablemente nefastas y, o bien alguno de sus progenitores se desentenderá del mismo o recibirá por parte de los mencionados  insana indiferencia.
He de confesar que me declaro acérrimo seguidor de gran parte de los artistas, intelectuales, bohemios y otros similares que se encargaron de dejar huellas imborrables escritas con su sangre durante los  siglos XVIII-XIX  demostrando con ello, que el verdadero motivo por el cual vale la pena estar en éste mundo, es el de poner todo el ser en aquello que se hace desde el sentimiento, independientemente de las consecuencias que tras él se produzcan.
Es admirable como entonces, ser sensible no era contemplado como un sinónimo de ser débil. Aquella gente se sobreexponía; se prestaba sin reticencia alguna a recibir un nuevo amanecer sin más atuendo que el de su propia piel independientemente de las temperaturas extremas. Allí estaba Larra, considerado oficialmente como el primer periodista español, escribiendo sus artículos con no poca amargura debido a ése sentir tan a flor de piel mientras el resto parecía ver la vida con un grado más “elevado” de impasibilidad. Demasiado frágil. Tanto, que acabó suicidándose de un tiro en la sien derecha con apenas veintiocho años tras el rechazo de la que fuera  su amor enfermizo: Dolores Armijo. Beethoven, Schubert, Espronceda, Bécquer, Víctor Hugo, Gustav Doré, Arthur Rimbaud, Rainer María Rilke, Lord Byron o John Keats, son tan sólo algunos de los exponentes claves de un movimiento que, tal vez hubo de ser atemporal.
Muchos de ellos, tuvieron algo en común a parte de sus inquietudes coronarias: fallecieron jóvenes. Distintivo de relumbrón en todo romántico que se preciara; cadáver terso. El romántico, vivía la vida al límite en cada respiro obsesionado por impregnar de amor cada nota en el pentagrama; cada palabra bañada en tinta; cada dibujo trazado sobre el papel. Entonces la sensibilidad masculina  no se asociaba a alguien afeminado. Igual que no se le pueden poner puertas al campo, tampoco se puede catalogar el sentir como algo exclusivo del sexo femenino. Pero claro, el hombre tiene una subyacente tendencia a catalogar todo, incluyendo en el lote las manifestaciones naturales de aprecio y cariño.
Parece que la propia sociedad o más bien una gran parte de seres humanos que la pueblan, se encargan de perseguir y ridiculizar a todo aquel que abiertamente reconoce gustar de películas románticas, poesías, baladas y todo aquello que simbolice un goce del corazón. Una mujer tiene autorización para conmoverse viendo “El diario de Noa”, estremecerse  mientras lee el poema  “No te salves” de Mario Benedetti o bañar sus ojos en lágrimas al tiempo que escucha a Luis Miguel. Ésta cohorte de hechos, quedaría sometida a la crítica más vil ejecutada a través de la lengua viperina de rigor, si quien lo hiciera fuera un ser cuya hormona reinante en su cuerpo respondiera al nombre de testosterona. Claro, un hombre que va a la guerra es inadmisible que en su tienda de campaña guarde la obra  “Cumbres borrascosas” de Emily Bronte. Sería el blanco de todas las risas y a continuación flagelado y expulsado del ejército.  El propio hombre ha sido y es el principal enemigo del hombre pues se autoexige  aniquilar cualquier halo de sensibilidad que pueda aflorar a través de los poros de su piel. Se le ha impuesto cual ley salomónica la represión de todas y cada una de sus sensaciones si estas van coaligadas a expresar alguna emoción. El cine, la radio, la televisión y la publicidad, se han encargado entre otros menesteres, de presentarnos a rostros casi esculpidos en piedra caliza para ofrecernos una imagen de virilidad sin parangón de modo que, ésta transmita determinación, rudeza e insensibilidad. Es algo convertido en vox populi y aquí, en nuestro país, sentenciado con el sobrenombre de macho ibérico: hombre fornido, piel curtida, pecho poblado, barba de tres días, gestos bruscos y modales nada refinados. Éste es el icono masculino por antonomasia, pensado y creado por otros a los que no hay que quitarles el mérito en cuanto a la confección de su campaña comercial. Todo un éxito. O es que… ¿ Alguien se imagina a John Rambo viendo Bambi? ¿A Adolf Hitler llevándole un ramo de rosas a Eva Braün? ¿Al emperador Octavio Augusto apostarse sobre el balcón palaciego mientras contemplaba  el atardecer sobre las siete colinas de Roma? ¿A nuestro Rick de Casablanca sollozando ante una puesta de Sol?  Cierto es que, son ejemplos tal vez demasiado extremos pero no exentos de un trasfondo común: la ausencia de romanticismo. Para acrecentar más si cabe la imagen de duro, al protagonista en cuestión se le provee de un cigarillo; otro símbolo equívoco de lo que es la hombría en realidad pero que, queda bien en pantalla y logra el efecto que realmente se pretende aunque otro efecto paralelo, provoque cáncer de pulmón producto de lo nocivo de los componentes del pitillo. El romanticismo en términos masculinos ha quedado relegado a ser expresado abiertamente sólo en círculos muy íntimos de tal forma que el pecador en cuestión, pueda hacer su confesión sin riesgo de ser detenido y humillado. Llorar es el arte de expresar emociones. No importa cuando, cómo, ni por qué siempre que se haga desde la limpieza del alma. Evitarlo, sería negarnos a nosotros mismos. Gracias a que sentimos, no somos como el espantapájaros incrustado en el campo de trigo que, ausente representa una imagen siniestra, impávida e inerte mientras las estaciones se van sucediendo una tras otra a su alrededor . Pero como en muchos casos sucede, ya no sólo es necesario poseer la facultad de sentir, sino de saber extraerla aunque afuera aguarden las fauces hambrientas del más feroz de los lobos.Como en tantas cosas en la vida, el hombre que es incapaz ya de conmoverse con la tormenta de una tarde de otoño  mientras las gotas gélidas de lluvia impactan contra el cristal de la habitación al tiempo que el color grisáceo invade la atmósfera, merece tal vez sufrir la maldición que la bruja del  popular cuento el “Mago de Oz”, cierne  sobre un leñador convirtiéndolo en hombre de hojalata sumiéndolo en una profunda consternación pues necesita con premura un corazón que le haga tener sensibilidad. Una vez más, resulta paradójico que haya que llegar a tales situaciones para valorar lo que se tenía. ¿Qué sucedería si nada importara? ¿Si tu vida transcurriera sobre una línea uniforme sin parábolas ni protuberancias?  En efecto, te habrías convertido en una estatua; ni siquiera un vegetal porque éste, de alguna manera también percibe sensaciones.
La masculinidad, no puede quedar menguada jamás por lágrimas nobles y sentidas recorriendo las mejillas curtidas en mil batallas ante un suceso por el que vale la pena mostrar dolor, lo que realmente está al margen de toda masculinidad es el padre que abandona a su hijo; el “hombre” que agrede con sevicia a su pareja y en lugar de rosas le “regala” puñetazos;  el ejecutivo que acosa psicológicamente a sus empleados en lo que coloquialmente se conoce por mobbing; el político que por megalomanía  secciona la vida de personas inocentes tirando bombas a discreción pues persigue un interés particular; el violador; el pederasta…Esto sí son casos de falta de hombría pero, llorar por un hombre, una mujer, un niño,  un animal, un objeto, por la grandiosidad del universo o porque ésa estrella que todas las noches contemplabas ya no aparece en el firmamento, no es ni mucho menos propio de un pseudohombre dócil y flojo, sino un toque destacado de distinción sólo al alcance de almas verdaderamente grandes y evolucionadas.

                                                                Ángel Acosta

 

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