A tenor de muchos de los comportamientos que uno observa a diario en las personas, llego a tener la creencia de que en lugar de hallarme en el siglo XXI, estoy viendo las películas en “Busca del fuego”, o el “Planeta de los simios”, filmes basados fundamentalmente en el hombre primitivo.
Que en la época de las cavernas, los alaridos entre unos y otros eran frecuentes para comunicarse, no sorprende a nadie ya que entonces no disponían de otras formas de entablar relaciones entre sí ni contaban con las herramientas necesarias para hacerlo de otro modo. Al mismo tiempo y atendiendo a las distintas etapas evolutivas que el célebre biólogo británico Charles Darwin plasmó en su archiconocida obra “la evolución de las especies”, no se le podía pedir refinamiento a los grupos humanos que iniciaron la cadena evolutiva hasta lo que hoy somos: australopithecus, homo habilis, homo erectus, hombre de cromag-non…
El instinto era básicamente lo que guiaba al hombre de entonces ya que, su capacidad de razonar era más bien escasa por tanto, no pensaba, simplemente actuaba.
Hoy muchos de esos homínidos, siguen siendo tal cual eran sólo que con una diferencia: antaño no llevaban ropas con las que cubrirse(si acaso y en otra fase pieles), mientras que en la actualidad se adornan con trajes. La pobreza de espíritu no entiende de accesorios; una persona desnuda puede aportar más sabiduría y conocimiento que otra cuya carta de presentación sea llevar ceñida al cuerpo la última prenda del sempiterno diseñador de moda en el sector de la alta costura.
A todos nos definen nuestros actos; es lo que queda, lo que nos caracteriza y representa como personas.
En todo este embrollo, se podría incluso pensar que el concepto de civismo es en realidad el escurridizo eslabón perdido que los científicos han estado buscando desesperadamente durante milenios.
Para todo ello, basta con salir a la calle un día y ponerse a observar detenidamente las acciones que muchos individuos realizan en su vida cotidiana aunque en lugar de ello, sea más bien, vida insufrible.
Es obvio que ante tamaña situación uno se pregunte, ¿Acaso no recibimos en su momento cuándo estudiábamos la formación necesaria en cuanto a comportamiento y valores a través de aquella asignatura denominada educación cívica y social?
Porque vamos, desde que las primeras escuelas aparecieron en éste país allá por el siglo XVI, ya han transcurrido unos cuantos inviernos, pero parece que aun muchos siguen teniendo que perderse las vacaciones estivales estudiando ante la recuperación de un Septiembre eterno.
No sé porqué extraña razón, el derecho a la intimidad está quedando reducido a una mera utopía(y no me refiero a asuntos del colorín con paparazzis y otros sucedáneos), sino al descaro sin parangón que practican no pocos inconscientes en lugares tan comunes como un supermercado, una gasolinera o cualquier establecimiento donde haya que respetar el turno hasta que a uno le atienden.
En ése rutinario e incómodo proceso(pongamos en éste caso que hemos ido a hacer la compra), nos encontramos con que a parte de conseguir la ardua tarea de llegar a la caja con el peso provocado por los productos adquiridos, después de ir sorteando por los pasillos todo tipo de obstáculos inmóviles que se detienen en cualquier parte a establecer una conversación tan existencial como el último incidente sufrido por la vecina del quinto, nos disponemos a guardar rigurosamente la cola que suele dilatarse y ralentizarse ante la pasividad crónica de algún que otro empleado que también está por la labor de intercambiar chismes con el cliente de turno, sin reparar en el malestar que semejante actitud provoca en el resto de clientes que lo único que desean es pagar y marcharse a su casa. Al fin y al cabo, como no pueden irse sin pagar y han de comer…¡Qué esperen! ¡Qué más da si hay tres cajas vacías y se me acumula el trabajo!. Éste ya sería un asunto de organización en la cual ya se sabe, ¿Para qué pagar tres sueldos más sí con uno aunque al borde de la taquicardia se ahorran costes?
Y bueno, por fin llega el momento dorado de colocar nuestro género sobre la cinta magnética; esa autopista cuyo peaje es abrir la pegadizas bolsas de plástico en tiempo récord para introducir la compra evitando que se forme una montaña de productos que ya no sabes si son los tuyos o los del siguiente porque, resulta que el siguiente, lo del derecho a la intimidad parece ser que sólo lo contempla tras las paredes de su casa porque a poco que has conseguido colocar tus cosas, llega él y te pone las suyas casi encima. Le miras con cara de pocos amigos y parece darle igual. A lo mejor cree que, si te avasalla con su compra, ganará tiempo y será atendido antes. Una reflexión tan sesuda como absurda.
Al fin llega el momento de atravesar las puertas del establecimiento y con él la sensación reconfortante de haber salido indemne de la batalla de las cestas, carros metálicos y murmullo cargante.
No contento con esto, me subo al coche y al introducir la llave de contacto, el chivato de la gasolina se enciende, delatando la necesidad imperiosa de ir a repostar si uno no quiere quedarse a medio camino con el consiguiente ejercicio de piernas teniendo que empujar el vehículo para poder llegar hasta la gasolinera mientras de reojo advierto que no se acerca ningún desalmado con el síndrome de Fernando Alonso en las venas. Al margen de si es hora punta o no, me dirijo al mostrador donde una vez más, toca hacer cola. En ésta ocasión, mi compra no corre peligro de ser aplastada por la del siguiente cliente, quien peligra soy yo mismo en una especie de placaje made in fútbol americano.
Aquí, como en cualquier otro comercio, debería existir como mínimo “La delgada línea roja”, título que acuñó Terence Malick para realizar su popular película bélica, de modo que, la propia señal indicara que se ha de respetar el espacio existente entre un cliente y otro porque, lo que está claro es que aquí, las líneas imaginarias no funcionan. Consecuencia: de repente, notas una ligera brisa cálida en tu cogote, miras a tu alrededor y no ves ninguna ventana abierta, hasta que te das la vuelta y en ése giro cual peonza desorientada chocas con un señor que al parecer siente atracción por el perfume que uno lleva porque si no, a ver cómo se puede explicar que esté tirándote su aliento a unos pocos centímetros de la nuca. Ante tal molesta situación, hay que tratar de ser para más inri cortés y, con un gesto hacerle entender que lo que está haciendo es de muy mala educación. Otro que, piensa que si se pega a ti, conseguirá llegar antes al primer lugar de la cola. Pues como no tenga la facultad de traspasar cuerpos o de desdoblarse, lo tiene complicado.
Es desconcertante lo incívica de una realidad que, no hace otra cosa que crecer a cada instante. Para imaginarse la magnitud de la misma, basta con comprobar cómo hace unos días, en una entidad financiera mientras aguardaba mi turno, pude detectar en el suelo de la oficina una tira adhesiva en la que decía: “Respete la distancia y el derecho a la intimidad de la persona”. ¡Menos mal que aquí sí intervino el banquero salvador!, si no, me veo hablándole en clave al de la ventanilla para que el pegamoide acólito no pueda conocer un sólo número de mi cuenta corriente.
La catarata de despropósitos a cual más salvaje no acaba aquí.
Lo bien cierto es que, cuando se dispone de vehículo particular, el transporte urbano se utiliza bien poco(menos mal), pero si existe alguna excepción, se vuelve uno a topar con la cruda realidad. Por lo general, en la parte superior de las puertas de salida del metro y el autobús, suele haber un letrero bien grande donde puede leerse: “Por favor, dejen salir”. Pues bien, ya puedes ser un mago del escapismo, casi a lo Houdini, porque a poco que te despistes se te pasa la parada por no haber podido bajar porque antes de esperar para dejar salir, el personal que acecha tanto en la calle como en el andén, suele entrar en avalancha no sea que no vuelva a pasar otro convoy o autobús hasta dentro de tres horas. Lo de si tu has podido bajar o no, es algo que francamente no les importa. Y ya que estamos, el tema de ceder el asiento a personas ancianas, embarazadas o con alguna tara física me queda tan lejano en el tiempo en cuanto a la última experiencia a la que pude asistir, que tal vez tenga que trasladarme a otro tiempo a través de la hipnosis regresiva para poder recordar un acto de solidaridad que, en éste sentido presencié.
Si se habla de circulación, no se puede obviar a los conductores particulares que utilizan el específico carril taxi/bus para hacer su recorrido con mayor fluidez aunque ello dificulte la marcha de los vehículos autorizados a circular por ése tramo del asfalto, amén de estar prohibido. Como tampoco, a los que presos de una comodidad congénita dejan su vehículo en la puerta de su domicilio o lugar de trabajo sin reparar en si lo hacen en doble o triple fila. La cuestión es caminar poquito, no sea que se puedan hacer un esguince o les salgan varices por pensar en los demás aparcando en condiciones. Luego si quieres sacar tu coche estando bien aparcado, te toca hacer gimnasia apilando vehículos para conseguir el suficiente espacio como para poder salir.
Cierto es que, en muchas ciudades de éste país las plazas de aparcamiento público son más escasas que un trébol de cuatro hojas, pero no es menos cierto que el que se afana en buscar un sitio, al final lo encuentra y no precisamente encima de la acera o en la zona reservada para minusválidos. Eso sí, en cuanto lo encuentras y comienzas a maniobrar, sufres un acoso acústico por parte del resto de conductores que, no se sabe bien si por envidia o prisa, desean que te quites de en medio cuanto antes. Los hay que, incluso a poco que dispongan de espacio suficiente para poder pasar, no te dejarán finalizar la maniobra aun a sabiendas del riesgo que representa rebasar a un vehículo en movimiento. Ellos tienen que pasar, que se enfría la comida.
Los mismos que actúan así, son los que muchas veces, aun habiendo espacio para entrar dos vehículos, aparcan el suyo en diagonal evitando que pueda entrar otro coche.
Sí, si de sobra sabemos que en la sociedad actual las prisas y el estrés están a la orden del día, pero las mismas no justifican bajo ningún concepto el egoísmo y la mala educación imperantes por doquier.
“Pero aun hay más”, como dice Bugs Bunny en la cabecera de los Looney tunes.
Cuando se logra la hazaña de aparcar y nos convertimos por extensión en un peatón más, es recomendable caminar mirando al suelo sin importarnos que por ello, otros puedan pensar que estamos deprimidos. Con esto, nos ahorraremos pisar excrementos generalmente de canes que producto de la necesidad y de la inconsciencia de sus dueños no hacen otra cosa que dejar señuelos repugnantes en zonas no habilitadas para tal menester. Me pregunto qué les parecería a estos desaprensivos e insensatos propietarios de semejantes y entrañables animalitos disponer de un orificio en sus domicilios con fragancia residual y que de vez en cuando, vertiera los deshechos putrefactos sobre el parqué recién puesto en el salón de su casita.
¿Qué no hay pipi can o zonas acondicionadas donde poder llevar a los animales domésticos a hacer sus necesidades por dónde vives? Pues entonces, no los tengas. Pero no hagas responsables a otros de tus caprichos.
Por si teníamos poco, en el trayecto a pie, es recomendable utilizar casco. No, no se trata de que tengamos complejo de albañiles, sino más bien, de evitar que nos achicharren la cabeza producto de la inconsciencia o mala leche del fumador de turno que desde un edificio, asomado al balcón acaba de consumir su cigarrillo y en lugar de apagarlo y depositarlo en un cenicero, prefiere darle un respiro tirándolo al vacío con el peligro que ello conlleva.
Los más pequeños, tampoco se libran de las temeridades más espeluznantes y no es noticia ver a un bebé sentado en la parte delantera de un vehículo mientras su ejemplarizador progenitor conduce y flirtea a cada momento con el riesgo que entraña un frenazo repentino para la vida de su retoño.
Uno no podía olvidar tampoco los baños públicos, lugares inhóspitos de nula recomendación sólo al alcance de individuos tan sucios como su propia estampa.
Por tanto, es más conveniente utilizar el de la oficina, la casa o el de un amigo que, adentrarse en ése submundo de hedores indescriptibles e imágenes más escatológicas que un alien recién nacido.
Porque en éstos lugares, o no hay escobilla o es un mero objeto decorativo.
Cuidado también si tras dar un paseo te sientes cansado y decides sentarte en el banco de un parque porque, lo normal es que cuando intentes incorporarte notes una especie de imán pegajoso agarrando tu trasero con codicia. Efectivamente; es un chicle. Porque la secular goma de mascar es con frecuencia compañera del incívico, el cual una vez la ha consumido, en lugar de arrojarla a una papelera busca otros destinos como asientos, porteros telefónicos, mesas…
Las comunidades de vecinos no son ajenas respecto a acoger primates de éste calado, siendo usual ver interruptores quemados por la llama del mechero del graciosillo de turno, ralladuras sobre la pintura de las puertas de los ascensores, charcos de orín en el interior de los mismos, puertas de buzones desencajadas y una larga lista propia de un apasionado por el bricolaje en calidad de chapucero.
Sin duda alguna, la quintaesencia de lo grotesco, salta a la palestra en los momentos de ocio convirtiéndose el disfrute, en un verdadero tormento.
¿Quién no ha ido al cine y no ha sentido cómo su espalda era golpeada en ocasiones por las pezuñas del espectador alojado en la butaca de detrás?
¿Quién de repente, concentrado en la película no ha sido víctima de la charla molesta del grupito de al lado incapaz de callarse?
Por suerte, con la aparición de los cines Kinépolis se ha suprimido el calvario infringido por el culo inquieto ya que, entre fila y fila la distancia es más que considerable.
¿Y la playa? Ése lugar apacible adonde acudimos para relajarnos bajo los rayos del Sol al tiempo que nos zambullimos en el mar.
Llegamos y nos instalamos en un lugar alejados del gentío cuando en un santiamén, una familia de domingueros decide ponerse justo al lado nuestro. Hay más espacio, pero no, tiene que ser a nuestra vera. ¡Venga qué hace calor y queremos más, por si faltara poco!. Los peques del clan, deciden que es hora de dar rienda suelta a sus travesuras y comienzan a moverse cual posesos levantando con cada movimiento una cantidad ingente de arena que va a impactar directamente contra nosotros sin una brizna de compasión. Nosotros que, habíamos ido con la ilusión de reposar sobre la arena, no de comérnosla.
No deseo echar el cierre a éste post, sin antes dejar constancia de un suceso acaecido hace unos días en el centro de Valencia, donde estando el semáforo en verde para vehículos, algunos peatones incívicos decidieron que debían pasar porque ellos lo valían independientemente de la peligrosidad que ello podía acarrear al ser un tramo de constante tráfico. Pues bien, apareció una motocicleta que circulaba correctamente y al pasar al lado de ellos y tocar el claxon en lugar de reconocer los transeúntes su error, le levantaron airadamente los brazos y hasta hubo uno que incluso se atrevió a decirle al conductor: “¡Será que no tienes espacio para pasar!” Me habría gustado ver a semejante sujeto cruzar por un paso de peatones con su semáforo en verde viendo cómo se aproxima un vehículo a toda velocidad rozándole con el retrovisor y espetándole su conductor: “Será que no tienes espacio para esquivarme”. Pero claro, el egoísmo y la inconsciencia del incívico, no le alcanzan para asumir y rectificar los fallos de sus acciones, pero eso sí, si las mismas que él realiza, las ejecutan otros y él sale perjudicado, entonces sí son graves. Por tanto, ya no se trata de inconsciencia, puesto que el individuo es capaz de diferenciar lo que está bien de lo que no lo está, sino de una personalidad con tintes de anarquista redomado jalonada por un capacidad infinita para subestimar todo lo que le rodea y una alta dosis de egocentrismo. Discutir con él es estéril puesto que padece de necedad desde la cuna y esto sólo se combate de una forma: con la indiferencia, enemiga ésta de la notoriedad que él busca.
Orfeo Indómito