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Filed Under (Arte, Comunicación, General, Sociedad, Tendencias) by Orfeo Indómito on 22-10-2008

     Las personas a lo largo de su vida suelen ser esclavas de muchas cosas y, por lo común tal dependencia a menudo va relacionada con los asuntos más banales. En ésta ocasión, he fijado mi punzante  objetivo en un sector que a diario suele ensimismar a cualquiera de los mortales: la moda.
Para tamaña introducción, quiero rescatar una sentencia lapidaria que pronunció en su momento uno de los iconos atemporales del sector: Coco Chanel. “Todo lo que es moda, se  pasa de moda”. Indudablemente tales palabras situadas en otro boca, no merecerían un lugar destacado pero, las frases o palabras colocadas en alguien con suficiente fama o poder, consiguen obtener mayor repercusión que si son empleadas por alguien cuyo caché no es lo suficientemente solvente como para pagar la factura de la luz. Injusto pero real.
La genial diseñadora que, en 1909 abriera su primera tienda de sombreros en París, bien sabía lo que decía al expresar ésta visión tan perspicaz sobre el mundo textil que había creado.
No es propio del sentido común, gastar cantidades ingentes de dinero, en un artículo cuya presencia en el mercado es limitada tan pronto como sus voraces compradores se hastíen del artículo o la firma correspondiente decida presentar la nueva colección.
Es de perogrullo decir que la moda es un negocio; lo es como tantos otros y, para continuar siéndolo, se nutre perennemente de talleres que, infestados de costureras trabajan a contrarreloj por tener a punto el anhelado último modelo creación del diseñador más afamado apoyado por una legión de mentes pensantes amén de asesores.
En esto, como en botica, se puede encontrar de todo. Desde la elegancia más definida y minuciosa cuidando todos y cada uno de los detalles del trazo, hasta lo más grotesco y extravagante. En realidad, siempre he pensado que, aquel que diseña ropa abstracta y ramplona, es porque no tiene la facultad de estar a la altura de nombres tan ínclitos  como Yves Saint Laurent, Valentino, Balenciaga, Chanel o  Gucci, por citar a  algunos de los más destacados.
Por ello, sus “diseños”, suelen quedarse tan sólo en algo llamativo a la par que pintoresco pero sin ningún tipo de trascendencia. Es el consuelo que le queda a aquel cuya naturaleza no ha sido dotada para el ingenio de la aguja.
De todas formas, no sería asombroso ver cómo alguno de los diseños creados por un diseñador de segunda fila, pasa a la primera si por algún extraño motivo alguna celebrity decide que quiere ponérselo. Al día siguiente, seguro que hay colas en todo el mundo por adquirir el modelito en cuestión. Y ya no porque guste, sino porque tal cantante, modelo o actriz, se ha levantado una mañana de su cama decidida a darse el capricho de ponerse algo tan esperpéntico sólo equiparable a su salud mental o en su defecto, a ser el centro de atención de  todas las miradas y comentarios.
Es abrumador una vez más, comprobar cómo una tela puede conseguir el mismo efecto que una pócima encantadora. Si en otro post, escribía  acerca del poder de convocatoria del Iphone, en ésta ocasión la capacidad de persuasión de la industria textil sobre la sociedad no tiene parangón alguno porque, el Iphone, como tantos otros artículos tecnológicos tiene una repercusión determinada tan pronto como deja de ser novedad. Sin embargo, la moda no hace otra cosa que reinventarse y reciclarse. Está ahí siempre; a poco que salimos a la calle la encontramos en las personas que como autómatas se dirigen a sus quehaceres cotidianos; en los escaparates de las calles céntricas de una gran ciudad(comerciales por antonomasia); en la vallas publicitarias; en los anuncios televisivos; en las revistas…Todo está infestado de moda. Obviamente, es complejo escapar a la tentación del trapito cuando éste no hace otra cosa que perseguirte desde que te levantas hasta que te acuestas. Por ello uno no puede soslayar al comprador compulsivo, ése cuya premisa no es otra que hacer añicos su tarjeta de crédito adquiriendo prendas por el simple afán de poseerlas  al margen del gusto o de la practicidad de las mismas. En la mayoría de los casos, tan sólo engrosan el guardarropía dándole color.  Claro que, con criterio y determinación su efecto dejaría de ser una epidemia pero, en los tiempos que corren, ¿Quién tiene de eso?
Aun está por ver que una rutilante estrella de Hollywood acuda a la ceremonia de los óscars con un vestido que no obedezca a la firma de ningún prestigioso diseñador. Tal osadía, no sería contemplada en calidad general por el populacho como una muestra de anticonsumismo y casta, sino como una ocasión ideal para acabar con la carrera de una actriz que, una tarde decidió ser fiel a sus principios evitando que el marketing le impusiera cual decreto ley, qué ropa había  de ponerse. Pues si aquello que te adorna y pende por tu piel no lleva las iniciales o el logotipo de una marca reconocida, tu talento es menos talento ya que, si fueras alguien realmente brillante, ganarías cantidades desorbitadas de dinero suficientes como  para poder vestir a perpetuidad con las etiquetas de los nombres y apellidos más insignes y jamás te decantarías por una ropa con la que nadie se identifica.
Sólo hay que observar los reportajes fotográficos de boda  que aparecen en las revistas de moda y sociedad y cuyos protagonistas son famosos. La descripción que se hace de todos y cada uno de los modelos que se pueden ver, es tan detallada como una analítica donde el exceso de colesterol es sustituido por una gigantesca pamela que oculta por completo el rostro de la portadora que nos recuerda  a los floripondios que encima de su testa portan las distinguidas damiselas que acuden con petulancia a las carreras de caballos de Ascott desde tiempos remotos.
Para muchas fashion víctim, es una cuestión de estado el hecho de estar al día de todo cuanto se cuece en la industria. Es por ello por lo que, estar informada en cada momento y al detalle del próximo lanzamiento de su diseñador favorito es en no pocas ocasiones, un asunto que la deja desvelada. Quiere ser la primera en hacerse con el artículo, no principalmente para disfrute personal sino para demostrar que “está al día” y es una mujer de su tiempo. Pero, ¿Quién decide lo que es un hombre o una mujer de su tiempo?  ¿Las firmas apelotonadas que reclaman nuestra atención en las tiendas? ¿Los desfiles de temporada en las ciudades con las pasarelas de la moda más exultantes? ¿La top model de turno que exhibe la prenda con garbo a través de su felino caminar entre caderas casi dislocadas?
Sangrante también es que la fiebre textil contagie a niñas cada vez más jóvenes que son capaces incluso de padecer anorexia provocándose vómitos y otra serie de medidas a cual más terrorífica poniendo con ello en riesgo su salud,  con tal de poder enfundarse esos vestidos de medidas imposibles al alcance de aquellas sílfides  cuya etiqueta responde al nombre de talla 34. La dirección de algunas pasarelas internacionales de cierto renombre no ha permitido desfilar a modelos con esa talla pero son casos, meramente excepcionales. Las niñas en muchos ocasiones, ya no sueñan con ser ellas mismas respetando la constitución física que la naturaleza les ha otorgado, se rebelan taxativamente contra ello sacrificando cualquier cosa con tal de parecerse a la modelo de mayor alcance mediático del momento. El precio que se paga no importa siempre que sea posible exhibir como un guante ésa prenda que fue creada en concreto para figuras moldeadas y esculpidas con carácter exclusivo.
Como se puede comprobar, todo esto son factores externos pero que, sin embargo llegan a convertirse en internos por la autorización inconsciente que el adicto a la moda concede diariamente a todo éste tipo de propuestas.
No son pocos los que piensan que, el cenit de la elegancia reposa en llevar el modelo más costoso  aunque la persona que exhiba tal vestimenta tenga unos andares más bamboleantes que el pirata pata palo o, nos recuerde a un pato que acaba de tomar el último chupito de absenta.
Si es escandalosamente caro, es distinguido. Pues no. La belleza que prevalece es aquella que es sutil; que es capaz de decir todo con una naturalidad congénita por encima de un modelo u otro; son  en esencia las líneas y los movimientos de una  pantera atravesando sigilosamente la selva con el único abrigo de su pelaje negro azabache. Como tantas cosas en la vida, el estilo no se puede comprar porque está dentro de cada cual. Es su seña de identidad; su referencia, sin ningún tipo de patrones o etiquetas. La marca única del propio individuo.
Ahí está por ejemplo el Cristo de Velázquez en el museo del Prado con un diminuto retal blanco cubriendo las partes pudendas de Jesús; el nacimiento de Venus de Sandro Botticelli en la galería Uffizi de Florencia donde la diosa del amor aparece completamente desnuda sobre una concha tan sólo cubriéndose sus partes nobles con las manos; o la libertad guiando al pueblo de Eugene Delacroix en el museo del Louvre donde una mujer con su vestido rasgado, caído y mostrando un pecho comanda hacia la libertad a sus colegas revolucionarios durante la insurrección que tuvo lugar en París durante los días 27,28 y 29 de Julio de 1830 en contra de la monarquía del rey ultraconservador Carlos X.
En ninguno de éstos cuadros mundialmente conocidos, el atuendo es el protagonista. La belleza traspasa el propio lienzo sin que sea necesario ningún tipo de ropaje para hacerlo más atractivo. Prueba pues, más que evidente de lo reseñado con anterioridad. Claro que, una persona de esa guisa al natural, sería cuanto menos repudiada, pero al estar pintada, permite contemplarla con admiración. Irónico.
La moda, está pensada para impactar, seducir, ser comprada, vilipendiada y en última instancia sustituida por otra moda emergente que suprime a la anterior. Ésa es la clave del negocio. No existe ningún enigma más allá, ni una liturgia imposible de descifrar. Es una maquinaria subyugante pensada y creada para ser vendida, consumida y desechada quedando reemplazada  por la novedad de rigor que impía se abre un espacio ostentoso en el armario, arrinconando  a una vieja gloria que antaño colgaba reluciente de las  perchas entre las prendas de medio mundo provocando admiración con el brillo de sus lentejuelas y convertida ahora, en una vedette trasnochada en el umbral de su retiro hacia el más absoluto olvido. Pagaron por ella, la usaron como novedad y se cansaron por dejar de serlo. Por tanto, no era ése tipo de belleza trascendental que resiste al paso del tiempo y permanece como recién nacida; ésa que plasman en sus obras los genios del arte lejos de escenarios recargados; sino algo tan corrupto por su uso que acaba transformando en calabaza lo que un día fue la carroza de una particular cenicienta que emocionada la utilizó mientras no había otra más deslumbrante en el mercado y que creyó que su vestido de dama de la alta sociedad, era más importante que el delantal de sus propios sentimientos. 

                                                                 Orfeo Indómito

 

 

 

 

 

 

 

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